Ayer tuve la gran oportunidad de recorrer Tacora, oportunidad que ya quisieran o debieran tener muchos estudiantes de sociología, antropología, periodismo u otros afines.Para empezar, tengo que confesarle mi sorpresa de descubrir la primera cuadra de la avenida Aviación completamente libre al tránsito vehicular. Personalmente lo consideré noticioso, sorprendente después de cuatro décadas de costumbre de mirar desde el cruce con la avenida Grau las chucherías que estaban a la venta en tacorita o al "choro que ya le está cayendo, mira!!!". En ese momento comenté con Jorge, compañero de aventura, que "Tacora ya no era el de antes".
Luego de esta primera impresión, la búsqueda fue obligada. En medio de una casi uniforme separación entre vendedores, allí estaban, a los lados, guardados en depósitos o en calles transversales y más en las paralelas. Los vendedores de pelotas de basket a cuatro soles con su respectivo ¿cuánto das?; taladros rompetodo a 25 soles, "pero quedemos en quince pues"; triángulos de peligro para auto a tres soles la unidad, el par por cinco (y tanto para nada, termino diciendo la vendedora); "activado, activado a cien lucas"... estaban los celulares de telefónica, con números fáciles de recordar todavía; un cochecito de bebe de la casi inalcanzable marca Gracco a cincuenta soles "para Patty"; zapatos del tipo lagarto (esos de nuestros abuelos) impecablemente lustrados, zapatillas recien lavaditas en los baldes de pinturas Anipsa (esa que promociona Viviana Rivasplata), ositos de peluche (a tres soles con su limpiadita), una cabina de venta de Bellsouth, una raspadillera, un par de medias que se le escapó a un vendedor, diez, cien, mil cosas más, tan sencillas como inimaginables pensar encontrar en tan estrechos espacios.
Luego de un buen rato de caminata, el hambre nos pasó la voz. Así que Jorge se animó por "un caldo de gallina, pe". Había de todo precio: a sol sin presa y por cincuenta céntimos más "con troncha". Y por supuesto, por el bien de la salud, la respuesta fue "no pues, tas loco". Más allá estuvo el "cebichito fresquito", la "chanfainita a cincuenta, a cincuenta", y para pasarla una kola a "setenta con todo y envase".
De los amigos de lo ajeno, nada. Derrepente fue por el buen consejo de mis amigos de acá que me sugieron "vistete así como para que pases desapercibido" que ninguno se fijó en mí. Ninguno, salvo el vigilante de la peatonal del MIMDES que me recordó que "señor Hugo, está prohibido entrar con buzo al edificio".
El saldo: 8 soles de taxis, nada de compras, Jorge no se intoxicó con su caldo de gallina, y mi impresión de que si nuestros padres regresaran dirían conmigo "Tacora ya no es el de antes".
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